El alabastro es piedra. Una piedra parecida a ti.

Está compuesta por tus mismos elementos y también hay algo hay en ellos que les hace permitir que les traspase la luz.
Si lo observas dejando que fluya a través suyo el sol, podrás ver que también en su interior corren venas. Parece una piedra corazón.
Su color, en esencia, es blanco. Unido a cien tonos de tierra. Su tacto inicial es frío, aunque no mantiene del todo su distancia y parece querer adaptarse al calor de la mano.
Cerca de Zaragoza se halla en gran cantidad y pureza, hasta concurrir en Aragón cerca del 80 % del alabastro del mundo.
Parece ser que, cuando a esta ciudad llegó la Virgen, esta roca cobró un poco de vida. Y, siendo un material noble, nos ha permitido poner en su piel palabras que te acompañarán en tu hogar, en tu trabajo o en tu oración.
Su trabajo no es sencillo y su manipulación requiere esmero y sentir lo que la piedra transmite. Afortunadamente, nuestras piezas y nosotros hemos estado acogidos por buenas manos.
Por cierto, no viertas agua en su interior pues, pese a su apariencia impenetrable, en realidad es poroso. Como algunas personas… Curioso.